El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Es una opinión muy diferente! —dijo mistress De Lacey—. Estoy por lo tanto encantada de que asegure que se puede embarcar sin temor; pues aunque los marinos prefieren un barco que sea buen velero, estas damas preferirán uno en el que ellas estén seguras de no correr ningún peligro. Supongo, señor —continuó dirigiéndose a Wilder—, que estará al menos de acuerdo en que ese barco ofrece la mayor seguridad.

—Eso es precisamente en lo que yo no estoy de acuerdo —respondió Wilder brevemente.

—¡Es sorprendente! Ese marino tiene experiencia, señor, y piensa de forma totalmente distinta.

—Puede, durante su vida, haber visto más cosas que yo, señora, pero dudo que a él le sea posible en este momento verlas bien. Desde aquí hasta ese barco la distancia es muy grande para que se puedan juzgar sus cualidades; yo estuve antes cerca de él.

—¿Así que usted cree realmente que hay peligro? —dijo Gertrudis, cuyo temor hizo desaparecer su timidez.

—Lo creo. Si tuviera madre o una hermana —respondió Wilder recalcando sobre esta última palabra—, no me atrevería a dejarla embarcar en ese barco. Por mi honor, señoras, creo que se corre más peligro en ese barco que a bordo de cualquier otro que abandonase o pudiese abandonar este otoño algún puerto de las colonias.


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