El corsario rojo
El corsario rojo —Es muy extraño —dijo mistress Wyllys—. Eso no es lo que se nos ha dicho de ese navÃo Se nos han exagerado sus ventajas como para pensar que vamos a estar allà cómodas y seguras. ¿Puedo preguntarle, señor, en qué motivos basa su opinión?
—Son muy claros… Los maderos de sus costados son muy delgados, y su gran bóveda muy gruesa para gobernarse bien. Tiene los costados derechos como una pared de iglesia, y sobresale bastante del agua. Además no lleva vela de proa, lo que hace que todo el empuje sea hecho en la parte de atrás, y sujetará demasiado al viento y le facheará totalmente. Llegará el dÃa en que ese barco navegue con la popa hacia delante. Se puede ver también que los machos de sus mateleros los sujetan por detrás, y que ninguna de sus altas velas está desplegada. Además depende de sus muse-rolas y ligaduras la seguridad de la parte más importante del barco, el bauprés.
—¡Es cierto! —gritó mistress De Lacey con cierto horror—, ¡es cierto! Se me habÃan escapado esos defectos; pero ahora que me lo dice se me han abierto los ojos. Es una gran negligencia. ¡Hay que contar con las muserolas y las ligaduras para la seguridad de un bauprés! En verdad, mistress Wyllys, no puedo consentir que mi sobrina se embarque a bordo de tal navÃo.