El corsario rojo

El corsario rojo

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La mirada tranquila y penetrante de la institutriz estaba fija sobre los rasgos de Wilder mientras que él hablaba, y entonces la desvió hacia la viuda del contralmirante con la misma serenidad.

—El peligro es quizás un poco exagerado —le dijo—. Preguntemos a este otro marino lo que piensa sobre ello. Díganos, amigo, ¿cree que hemos de tener peligros tan serios confiándonos a ese barco, en esta época del año, para ir a Carolina?

—¡Señor!, señora —respondió el marino de cabellos grises sonriendo con aire de burla—, son defectos e inconvenientes de nueva invención, si es que son verdaderos inconvenientes y defectos. Nunca se había oído hablar de ninguna de esas cosas en mis tiempos y confieso que sería bastante estúpido para no comprender la mitad de lo que este joven acaba de decir.

—Supongo, abuelo, que hace tiempo que no ha navegado —dijo Wilder fríamente.

—Han pasado seis años desde la última vez —respondió el viejo marino—, y cincuenta desde la primera.

—Entonces ¿no ve los mismos motivos de temor? —preguntó otra vez mistress Wyllys.

—Con todo lo viejo y gastado que estoy, señora, si el capitán quisiera darme un puesto de trabajo a bordo, se lo agradecería como un gran favor.


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