El corsario rojo

El corsario rojo

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Wilder pareció confundido. Se mordió los labios como quien se sorprende por una ignorancia excesiva o por una astucia superior; sin embargo la confianza de mistress De Lacey en sus propias ideas le dispensó de hacer una réplica.

—Hubiera sido muy extraño —dijo ella—, que los cabellos de un hombre hubiesen encanecido en el mar sin que jamás hubiera contemplado tan extraordinario espectáculo. Pero sin embargo, buen veterano, no tiene disculpa por pasar tan ligeramente los defectos muy claros que este… este… este joven acaba de hacernos notar tan justamente.

—Yo no veo ningún defecto en ese barco, señora. Era así como mi difunto, digno y valiente comandante, aparejaba siempre su barco, y me atrevo a decir que jamás ha habido mejor marino o más honrado hombre que haya servido en las flotas de Su Majestad.

—¿Ha servido al rey? ¿Cuál era el nombre de su comandante?

—¿Cuál era su nombre? Nosotros, que le conocíamos bien, teníamos la costumbre de llamarle Buen Tiempo; pues a sus órdenes, teníamos siempre mar tranquilo y buen viento; pero en tierra se le llamaba el valiente y victorioso contralmirante De Lacey.

—¡Y mi hábil y respetable marido aparejaba sus barcos de esa forma! —dijo la viuda con voz temblorosa que demostraba la sorpresa de un orgullo satisfecho.


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