El corsario rojo
El corsario rojo El viejo marino levantó sus miembros fatigados de la piedra sobre la que estaba sentado, y respondió inclinándose profundamente:
—Si tengo el honor de ver a la esposa de mi almirante, es una alegrÃa para mis viejos ojos. He servido dieciséis años a bordo de su barco, y cinco años más en la misma escuadra. Me atrevo a decir que quizá la señora haya oÃdo hablar del marinero encargado de las gavias, de Bob Bunt.
—¡Sin duda! ¡Sin duda! Le gustaba hablar de aquellos que le servÃan fielmente.
—SÃ, ¡qué Dios le recompense, y vuelva su memoria gloriosa! Era un oficial lleno de bondad, y que no olvidaba nunca a un amigo, ¡era el amigo del marinero, el contralmirante De Lacey!
—Es un hombre agradecido —dijo mistress De Lacey—, y estoy segura de que está capacitado para juzgar un barco. ¿Está seguro, mi digno amigo, de que el difunto, mi respetable marido, aparejaba sus barcos de la misma manera que lo está el que es objeto de nuestra conversación?
—Debo estar seguro, señora, ya que serÃa capaz de poner la mano al fuego si no fuera asÃ.
—¿Incluso las muserolas?