El corsario rojo

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—Y las ligaduras, señora, si el almirante viviera aún y estuviese aquí, diría que ese barco está perfectamente equipado y no ofrece ningún peligro, como estoy dispuesto a jurar.

Mistress De Lacey se volvió hacia Wilder con dignidad, y le dijo como mujer que había tomado firmemente una decisión:

—Mi memoria me ha hecho cometer una ligera equivocación, lo cual no es sorprendente, cuando se piensa que el que me ha dado algunos conocimientos de su profesión no está aquí para continuar sus lecciones. Le estamos muy agradecidas por sus advertencias, señor, pero debemos creer que ha exagerado el peligro.

—Por mi honor, señora —respondió Wilder poniendo la mano en su corazón y hablando con emoción singular—, soy sincero en cuanto le digo, y le afirmo positivamente que estoy convencido de que se exponen al peligro más grande embarcando en ese barco.

—Creemos en su sinceridad, señor, tan sólo pensamos que está algo equivocado —respondió la viuda del contralmirante con una sonrisa de compasión en la que quería poner alguna condescendencia—. Le estamos muy agradecidas por sus buenas intenciones.


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