El corsario rojo
El corsario rojo Fue interrumpida por un ligero grito que dio su joven compañera y, un momento después, el extranjero que fuera centro de sus pensamientos saltó por encima del muro, aparentemente sólo para buscar su bastón que había caído a los pies de Gertrudis y había ocasionado su expresión de alarma. Tras haber pedido excusas por introducirse de semejante forma en la casa de mistress De Lacey, Wilder se dispuso a retirarse, como si no hubiera ocurrido nada extraordinario. En los primeros momentos que siguieron a su aparición, había en sus modales cierta dulzura y delicadeza que tenían, probablemente, como objetivo hacer ver a la más joven de las dos damas que poseía, y con todo derecho, el título que poco antes ella le había refutado. El rostro de mistress Wyllys estaba pálido y sus labios temblaban, aunque la firmeza de su voz daba buenas muestras de que no era a causa del miedo.
—Espere un momento, señor —le dijo vivamente—, a no ser que tenga motivos por los que deba marcharse. Hay algo realmente notorio en este encuentro, y me sentiría encantada si lo aprovechásemos.
Wilder permanecía frente a las dos damas, a las que había estado a punto de dejar. Cuando mistress Wyllys vio que sus deseos se habían cumplido de una forma tan inesperada, meditó un momento sobre el modo en que le dirigiría la palabra.