El corsario rojo
El corsario rojo —Lo que me ha llevado a tomar esta decisión, señor —dijo algo embarazada—, es la opinión que recientemente usted ha manifestado acerca del navÃo que está dispuesto a levar anclas cuando el viento sea favorable.
—¿La Real Carolina? —dijo Wilder con aparente indiferencia.
—SÃ, ése es su nombre, según tengo entendido.
—Espero, señora —dijo con precipitación—, que nada de lo que yo haya dicho le haga adoptar prevenciones con respecto a ese barco. Puedo garantizarle que ha sido construido con excelentes materiales, y no me cabe la menor duda de que el capitán sea un hombre muy hábil.
—Sin embargo, no ha dicho usted que guardarÃa un pasaje a bordo de ese barco con más seguridad que en ningún otro navÃo
—¿Quiere decirnos por qué piensa as�
—Si no recuerdo mal, les he explicado a ambas que he tenido el honor de verle hace una hora.
—Esta dama no es de aquÃ, señor —replicó gravemente mistress Wyllys—, y no será ella quien deba confiar a ese barco la seguridad de su persona. Esta joven y yo, con nuestros criados, seremos los únicos pasajeros.