El corsario rojo
El corsario rojo —Asà lo he comprendido —respondió Wilder, mirando con aire pensativo a Gertrudis, que escuchaba esta conversación con interés.
—Y por el momento no hay ningún peligro que temer, ¿puedo rogarle, que nos repita los motivos que le hacen creer que hay algún riesgo en embarcar en La Real Carolina?
Wilder buscó con gran impaciencia la mirada tranquila y atenta de la dulzura de los ojos, tan penetrantes, de mistress Wyllys.
—¿Quiere que repita, señora —dijo balbuciendo—, lo que ya dije a este respecto?
—Le dispenso de ello, señor; pero estoy persuadida de que tiene graves razones para hablar como lo hizo.
—Es muy difÃcil para un marino hablar de barcos si no es con términos técnicos, y con un lenguaje que tal vez sea ininteligible para una persona de su sexo y condición. ¿No ha estado nunca en el mar, señora?
—Muy a menudo, señor.