El corsario rojo

El corsario rojo

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—He estado al borde del agua —dijo—, para echar un vistazo al barco, siguiendo el deseo de mistress De Lacey, viuda del noble comandante y almirante. Los otros pueden pensar lo que quieran, pero estoy dispuesto a hacer el juramento de que La Real Carolina puede ofrecer un viaje tan seguro como cualquier otro navío que bogue bajo la bandera británica. Sí, y esto no es todo cuanto tengo que decir en su favor. Sus maderas son ligeras y bien unidas, no se inclina hacia el lado derecho más que los muros de esa iglesia.

El anciano se expresó enérgicamente y mostraba una honesta indignación y no dejó de hacer impresión en las damas, al mismo tiempo que una de ellas dirigía verdades un poco duras a Wilder.

—¿Ve, señor —dijo mistress Wyllys, tras haber oído lo que el joven marinero respondió—, cómo es posible que dos hombres que tienen los mismos conocimientos no estén de acuerdo en algo relativo a su profesión? ¿A cuál debo creer?

—A aquél al que su incomparable juicio le presente como más digno de su confianza. Le repito, con una sinceridad de la que pongo al cielo como testigo, que ni mi madre ni mi hermana se embarcarían, con mi consentimiento, en La Real Carolina.


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