El corsario rojo
El corsario rojo Wilder pareció reflexionar con insistencia; sus labios se movieron como si fuera a hablar. Mistress Wyllys y Gertrudis esperaban con gran interés que él explicara sus opiniones; pero tras una larga pausa durante la cual él parecÃa dudar, cambió de actitud diciendo:
—Lamento no tener la facilidad de palabra suficiente para persuadirles. Toda la culpa la tiene esta incapacidad mÃa, pues de lo contrario se convencerÃan de que, vuelvo a repetirlo, el peligro es tan evidente para mis ojos como el sol en pleno mediodÃa.
—En este caso, señor, debemos quedarnos, ya que ésta serÃa la única solución —replicó mistress Wyllys, con cierta frialdad—. Le agradezco sus buenas y caritativas intenciones, pero usted no puede censurarnos por no querer seguir una opinión que está envuelta en tanto misterio y oscuridad. Aunque estemos en nuestra casa, usted nos perdonará si le dejamos; la hora determinada para nuestra marcha ha llegado.