El corsario rojo

El corsario rojo

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Wilder se quedó en el lugar en que le habían dejado, hasta que les vio entrar en la casa, y creyó, incluso, distinguir cierta expresión de interés en una mirada tímida como aquélla que la que hasta hacía unos momentos estaba a su lado le dirigió, antes de que su ligera figura desapareciera a sus ojos. Apoyando una mano en el muro, saltó entonces hacia el otro lado. Cuando sus pies estuvieron en tierra, el ligero choque pareció sacarle de su estado de abstracción, y notó que estaba a unos seis pies del viejo marino que había venido dos veces a regocijarse con tan mal propósito entre él y el objetivo que con todo su corazón deseaba. Este no le dio tiempo de expresar su intención, pues él fue el primero en romper el silencio.

—Vamos, hermano —le dijo en tono amistoso y confidencial, golpeando ligeramente la espalda del hombre que quería hacerle ver que había descubierto el ardid del que había querido valerse—; vamos, hermano, ha recorrido usted bastantes costas de este lado del mar, ya es tiempo de virar de bordo. Yo he sido joven también en mis tiempos, y sé lo difícil que es enviar el diablo lejos de uno cuando se encuentra placer navegando en su compañía.

—¿Por qué ha decidido contradecirme? —preguntó bruscamente Wilder.


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