El corsario rojo
El corsario rojo —Acaso querrÃa usted que un hombre que ha pasado más de cincuenta años en el mar, calumniara la madera y el hierro de una manera tan escandalosa. La reputación de un navÃo es tan preciosa para un viejo lobo de mar como la de su mujer o su maestra.
—Escúcheme, amigo: Supongo que vive usted como los demás, o, ¿acaso no vive de comer y beber?
—Un poco de lo primero y algo más de lo segundo —respondió el viejo marinero con una sonrisa.
—Y como la mayor parte de los marinos, ¿gana lo uno y lo otro con trabajos dificultosos, con grandes peligros y exponiéndose al rigor del tiempo?
—¡Hu!, ganando dinero como caballos y gastando como burros, esto es lo que se dice de nosotros; tanto como lo que a la realidad corresponde.
—¡Y bien!, le voy a dar la ocasión de ganar con menos trabajo, y podrá gastar cuanto le convenga. ¿Quiere entrar a mi servicio por algunas horas con buena gratificación, y con garantÃas de seguir si me sirve con honradez?
El anciano alargó su mano para tomar una guinea que Wilder le presentaba por encima del hombro, la metió en el bolsillo con indiferencia, y preguntó con tono firme y decidido como si estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa:
—¿Qué tengo que hacer para ganar lo que me ha dicho?