El corsario rojo
El corsario rojo —No es nada malo. No se trata de hacer ninguna cosa de la que está imaginando. ¿Sabe manejar una falsa corredera?
—SÃ, sÃ, y jurar que algo es verdad en caso de necesidad. Le comprendo: Se trata de «darle la vuelta» a la verdad como una cuerda que se enrolla y quiere que yo me encargue de ello.
—Algo de eso es. Tendrá que retractarse con respecto a lo que dijo acerca de La Real Carolina, y como tiene bastante astucia para saber cómo ejercer influencia sobre mistress De Lacey, será conveniente que la aproveche para presentarles las cosas con más dificultades aún que yo lo he hecho. Y ahora, para que yo pueda valorar su talento, dÃgame si es cierto que no se ha embarcado nunca con el digno contralmirante.
—A fe de bueno y honrado cristiano, que ayer oà hablar por primera vez de ese valiente hombre. ¡Oh!, puede creer cuanto le digo.
—Le creo, sin tener que esforzarme para ello. Ahora escuche mi plan.
—Un instante, mi querido camarada. Las paredes oyen, según se dice, y nosotros los marinos sabemos que las bombas pueden caer a bordo de un navÃo ¿Conoce en este pueblo una taberna que se llama «El Ancla Levada»?
—He estado allà algunas veces.
—Espero que no le moleste volver.