El corsario rojo

El corsario rojo

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—¿No puede escuchar nada que no esté mojado en ron?

—Me ofende hablando así. Verá lo que es emplear un mensajero sobrio para hacer sus encargos cuando llegue el momento; pero si se nos ve caminar juntos por la calle principal, usted cobrará tan mala fama ante esas damas, como yo perdería reputación delante de ellas.

—Tal vez tenga razón. Apresúrese, pues, ya que ellas hablan de embarcarse enseguida. No hay un minuto que perder.

—No hay peligro de que se marchen tan pronto —dijo el anciano levantando una mano por encima de su cabeza para averiguar la dirección e intensidad del viento—; no hace aún bastante aire para refrescar las brillantes mejillas de aquella joven belleza, y sabemos con toda seguridad, que la señal no le será dada más que cuando la brisa del mar haya comenzado a hacerse sentir.

Wilder le dijo adiós con la mano y siguió con paso ligero el camino que acababa de serle indicado, reflexionando sobre la impresión que los encantos de la joven y hermosa Gertrudis había inspirado a un hombre tan viejo y grosero como su nuevo aliado. Su compañero le siguió un poco después con cierto aire de satisfacción y con algo de ironía en su mirada, después aceleró el paso, a fin de llegar al lugar de la cita en el tiempo acordado.


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