El corsario rojo

El corsario rojo

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—Pero ¿qué prueba hay —exclamó el posadero de «El Ancla Levada», interrumpiéndola violentamente con no muy buenas intenciones—, de que tan buen hombre la haya abandonado? Ayer era día de fiesta, y su marido estaba un poco, lo que yo llamaría «alegre», y esta mañana ha dormido algo más de costumbre. Yo respondo de que dentro de muy poco veremos salir al honrado sastre de alguna granja, tan fresco y dispuesto a manejar sus tijeras como si no hubiera mojado la garganta más que con agua en las pasadas fiestas.

—¡Nada de eso! ¡Nada de eso! —gritó la inconsolable esposa del buen hombre—. No tiene corazón, se atrevió a beber del modo que lo hizo en un día como el de ayer. ¡En una fiesta en honor de la gloria de Su Majestad! Era un hombre que no soñaba más que con su trabajo… ¡Después de estar acostumbrado durante tanto tiempo a contar con el producto de su trabajo, es una cruz muy pesada para una pobre mujer verse reducida de golpe a no poder contar más que consigo misma!

Viendo entonces al viejo marino que se había abierto paso entre la multitud y que ahora se encontraba a su lado, ella interrumpió el hilo de su discurso para exclamar:

—Aquí tenéis a un extranjero, un hombre que no ha hecho más que llegar al pueblo; dígame, amigo, ¿ha encontrado en el camino a un vagabundo fugitivo?


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