El corsario rojo
El corsario rojo —He tenido mucho trabajo con traer mi viejo cuerpo a tierra firme —respondió el viejo con gran serenidad—, y no me entretuve en apuntar en mi libro de notas el nombre y aspecto de cuantas barcas he podido encontrar. Sin embargo, ahora que me lo dice, creo recordar que me tropecé a la llegada con un pobre diablo, casi al amanecer, a alguna distancia de aquÃ, en los matorrales que hay entre este pueblo y la barca que conduce a la isla.
—¡Era él! —exclamó un coro de voces: y al mismo tiempo cinco o seis de los que estaban oyendo salieron de entre las gentes con la buena intención de correr tras el delincuente y hacerle ajustar cuentas de las cuales se pensaba que el pobre hombre era deudor.
—¿TenÃa aspecto de loco? —preguntó Desiré sin prestar atención a la forma en que acababa de ser abandonada por cuantos un momento antes parecÃan oÃr con el mayor interés la narración de su desgracia—; ¿era un hombre con aspecto de vagabundo, de fugitivo y, el holgazán que usted ha encontrado, parecÃa un hombre que ha abandonado a su desgraciada esposa?