El corsario rojo
El corsario rojo —No puedo decir que haya notado en él nada que expresara si la mujer que habÃa dejado en su borrachera era más o menos desgraciada —respondió el marino con mucho discernimiento—; pero he visto lo suficiente como para saber que si en algún momento pensó dejar a su mujer, contando con que realmente tenga esposa, no habÃa decidido abandonarla para siempre; pues tenÃa alrededor del codo palillos que sin duda le proporcionaban más placer que si hubiesen sido los brazos de una mujer.
—¡Qué! —exclamó Desiré con consternación—, ¿se ha atrevido a robarme? ¿Qué se ha llevado? ¿Será mi collar de perlas de oro?
—No me atreverÃa a jurar que no eran perlas de oro.
—¡El muy miserable! —gritó la marimacho enfurecida, respirando agitadamente como quien ha estado mucho rato bajo el agua, y haciéndose camino entre la multitud con gran energÃa, en seguida se puso a correr con gran velocidad para ir a revisar sus tesoros escondidos y comprobar lo que habÃa oÃdo acerca de sus posibles pérdidas.
—¡Bien, bien! —dijo el posadero interrumpiendo por segunda vez con mala intención—; nunca habÃa oÃdo decir que se sospeche que un buen hombre sea capaz de robar, aunque todo el vecindario le llame pollo remojado.