El corsario rojo

El corsario rojo

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El viejo marinero miró al posadero cara a cara con aire bastante significativo.

—Si el pobre sastre no ha robado nunca más que a esa alborotadora —dijo—, no se podrán anotar en su cuenta muchos pecados de robo; pero es una vergüenza que semejante loca hable de esa manera a la entrada de una honesta taberna como si se tratara de un puerto, y por eso he enviado a la mujer tras sus perlas de oro, y así nos ha dejado a todos tranquilos como puede ver.

Joe Joram, soltando una gran carcajada, al verse sorprendido por la astucia del marino, que realmente había disgregado a la gente que se agolpaba poco antes ante la puerta y que ahora corría hacia la casa del sastre, le extendió la mano para felicitarle y exclamó:

—¡Bien venido, Bob Goudron! ¡Muy bien venido! ¿De qué nube has caído, viejo amigo? ¿Qué viento te ha empujado hasta este puerto? ¿A qué se debe que estés de nuevo en Newport?

—Son muchas preguntas para poder contestar a todas, amigo Joram, y se trata de algo demasiado grave como para que me ponga a decírtelo aquí a los cuatro vientos. Cuando estemos en uno de tus departamentos, con una buena botella y un hermoso filete de vaca, podrás hacerme las preguntas que quieras y te daré cuantas respuestas me permita mi apetito, como tú ya sabes.


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