El corsario rojo

El corsario rojo

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Wilder, que se había acercado a la puerta de la taberna cuando la gente había empezado a disgregarse, les vio avanzar a ambos hacia el interior de la casa, y entró él también en la sala destinada al público. Mientras que pensaba de qué forma empezaría a hablar con su nuevo aliado sin atraer la atención de los demás, el posadero vino a sacarle de su reflexión. Después de haber echado un vistazo a su alrededor por el establecimiento, sus miradas se fijaron en nuestro aventurero, y se aproximó a él en un modo mitad decidido, mitad inseguro.

—¿Qué le ha ocurrido, señor, cuando buscaba el barco? —le preguntó, reconociendo al extranjero con el que había conversado por la mañana—. Hay, desgraciadamente, más brazos libres que trabajos para emplearlos.

—Eso no es muy seguro —respondió Wilder—. Cuando me paseaba por la colina, he encontrado a un viejo marinero que…

—¡Ejem! —dijo el posadero interrumpiéndole y haciéndole señas para que le siguiera discretamente, aunque pronto—. Se encontrará más cómodo, señor, si hace su comida en otra habitación.


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