El corsario rojo
El corsario rojo Cuando terminó de decir estas palabras miró a Gertrudis, con una expresión que parecÃa decir que serÃa cruel jugar más tiempo con los temores de una muchacha tan ingenua. Los ojos de Wilder siguieron a los de la institutriz, y cuando respondió, fue con un tono de sinceridad muy apto para convencer a cuantos pudieran escucharle.
—Le diré, señora, con la veracidad que un hombre de honor debe a su sexo, que persisto aún en creer todo lo que le dije.
—¡Qué!, ¡las ligaduras del bauprés y los masteleros!
—No, no —dijo el joven marino, sonriendo ligeramente, y sonrojándose mucho, eso quizá no sea todo. Sin embargo ni mi madre, ni mi mujer, ni mi hermana hubieran subido con mi consentimiento a bordo de La Real Carolina.
—Su mirada, su tono y su aspecto de buena fe están en extraña contradicción con sus palabras, muchacho; pues mientras que su exterior me invita a concederle mi confianza, sus palabras no tienen apenas razón para apoyarla. Quizás, yo deberÃa estar avergonzada de semejante debilidad, y sin embargo, confesaré que la tranquilidad misteriosa que parece reinar a bordo de ese barco, todavÃa tan cerca de nosotros, ha hecho nacer en mà una especie de malestar inexplicable que puede tener relación con su asunto. ¿Es ciertamente un negrero?