El corsario rojo
El corsario rojo —Realmente es un barco muy hermoso —dijo Gertrudis.
—Muy hermoso —dijo Wilder con tono grave.
—Hay sobre una de sus vergas un hombre que parece prestar a su trabajo mucha atención —prosiguió mistress Wyllys apoyando una mano en su mentón con aire pensativo—. Todo el tiempo que hemos estado en tan gran peligro de ver a los dos barcos chocar, no ha echado ni una sola vez su mirada sobre nosotros, incluso la ha distraÃdo. Nadie le hace compañÃa, por lo que hemos podido juzgar.
—Quizá sus compañeros duermen —dijo Gertrudis.
—¡Duermen! Los marinos no duermen a tal hora y en un dÃa como éste. DÃgame, señor Wilder, ya que usted debe saberlo, que es un marino, ¿es comente que la tripulación de un navÃo duerma cuando se está cerca de otro barco con el que está a punto de chocar?
—No, ciertamente.
—Es lo que yo pienso; pues no soy totalmente una novata en lo que concierne a su arriesgada profesión, tan valiente, tan noble —continuó el aya apoyándose bastante en esta última palabra—. Pero si hubiéramos chocado con el negrero, ¿cree que su tripulación habrÃa permanecido en su misma apatÃa?
—No lo creo, señora.