El corsario rojo
El corsario rojo El día amaneció con un aspecto muy diferente al que había señalado el espantoso horror de la noche. Los vientos parecían haber agotado su furor. Tan sólo se notaba una brisa incierta, y antes de que saliera el sol, la agitación del mar se había cambiado en una gran bonanza. El mar se abatía tan rápidamente como la fuerza que le agitaba desaparecía, y cuando los rayos dorados del astro cayeron centelleantes sobre la superficie del mar, hicieron aparecer tranquila y lisa a la azul llanura.
Era todavía temprano, y la serenidad del cielo y del océano prometía un día que permitiría hallar la forma de someter al barco bajo las órdenes de la tripulación.
—Preparad las bombas —dijo Wilder viendo que salían continuamente los marineros de las distintas situaciones en que habían ocultado sus inquietudes durante las últimas horas de la noche—. ¿Me oye usted, señor? —añadió con voz severa dándose cuenta de que nadie se movía para obedecer su orden—. Sondee la profundidad del agua, y que no quede lo más mínimo de ella en el barco.