El corsario rojo
El corsario rojo —Los mÃos.
—¿Qué quiere decir, señor? Piense que eso serÃa debilidad, que el resentimiento contra tales seres le arrojarÃa a un acto de locura.
—¿Parezco un loco? —preguntó Wilder—. El sentimiento que me dirige puede ser falso, pero tal como es, es inherente a mis costumbres, a mis opiniones, y puedo decirlo, a mis principios. El honor me prohÃbe abandonar el barco que mando, en tanto quede una madera a flote.
—¿Y qué utilidad puede tener un brazo aislado en unas circunstancias tan crÃticas?
—Ninguna —respondió él con una sonrisa melancólica—. Debo morir, para que otros, cuando estén en mi lugar, cumplan con su deber.