El corsario rojo
El corsario rojo Mistress Wyllys y Gertrudis permanecieron inmóviles. Ambas examinaron sus ojos centelleantes y la tranquilidad que había en el resto de su fisonomía; pero había un sentimiento de terror que inspiraba gran interés. Mistress Wyllys leía en la expresión de sus rasgos un carácter de resolución inquebrantable, mientras que Gertrudis, temblorosa tan sólo por la idea de la horrible suerte que les esperaba, sentía en su joven corazón un entusiasmo generoso que le encadenaba, casi a pesar suyo, a admirar tan heroico sacrificio. Sin embargo la institutriz vio menos motivos de temor en la determinación de Wilder. Si hasta entonces sintió repugnancia por confiarse, así como su alumna, a una banda de hombres tales como aquellos que poseían en ese momento toda la autoridad, esta repugnancia aumentó por los mandatos rudos y ruidosos que se les hacía para que se apresuraran y fuesen a ocupar un lugar entre ellos.
—¿Existe alguna esperanza, muchacho, para los que permanezcan en estos despojos?
—Muy pocas.
—¿Y en la chalupa?