El corsario rojo

El corsario rojo

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Transcurrió más de un minuto antes de que Wilder respondiera. Volvió nuevamente los ojos hacia el vasto y brillante horizonte, y parecía estudiar el cielo en la dirección del continente lejano, con mucho cuidado. Ninguna señal que pudiese presagiar el tiempo escapaba a su vigilancia, mientras que las emociones variadas que experimentaba al mirar, se reflejaban en su rostro.

—¡Por mi honor, señora, por ese honor que me obliga no solamente a darle consejo sino también a proteger su sexo, desconfío del tiempo! Creo que hay tantas posibilidades de que seamos vistos por algún barco, como probabilidades de que los que se arriesgan en la lancha, alcancen tierra.

—Permanezcamos pues aquí, —dijo Gertrudis, a la que, por primera vez después de estar de nuevo en cubierta, reapareció la sangre en sus pálidas mejillas, hasta tal extremo que se cubrieron de un vivo rubor—. No puedo soportar a esos miserables que serían nuestros compañeros en aquella barca.

—¡Bajad!, ¡bajad! —gritó Nighthead con voz impaciente—. Cada minuto del día es una semana, cada momento de calma es un año de vida para todos nosotros. ¡Bajad!, bajad, o les dejaremos.


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