El corsario rojo
El corsario rojo Mistress Wyllys no respondió nada, pero en ella se veía el reflejo de una total y penosa indecisión. Entonces oyó resonar sobre el agua el ruido de los remos, y poco después vio la lancha deslizarse por la superficie líquida impulsada por los brazos vigorosos de sus remeros.
—¿Hay alguna esperanza? —preguntó el aya que observaba con continua atención el menor cambio de la fisonomía del que suponía entonces su único apoyo.
Los temores que oscurecían la frente de Wilder se disiparon, y la sonrisa que brilló en su rostro asemejaba a los rayos del sol cuando horada las más espesas nubes del torbellino que le oculta a los ojos.
—Hay —dijo con seguridad—; nuestra situación está bastante lejos de ser desesperada.
—Señor Wilder, no quiero importunarle pidiéndole explicaciones que ahora podrían ser inútiles. Pero no se niegue a comunicarme sus motivos de esperanza.
Wilder se apresuró a satisfacer una curiosidad que parecía tan penosa como natural.
—Los sublevados han dejado la más grande y más segura de las chalupas que posee La Real Carolina.
Fue en esa pequeña barca donde Wilder propuso reunir los objetos útiles que pudiesen recoger con apresuramiento en el barco abandonado. Entraría a continuación con sus compañeras para esperar el momento crítico en que el barco se hundiera bajo ellos.