El corsario rojo
El corsario rojo Reconoció que la situación era todavÃa más alarmante de lo que él habÃa creÃdo. Desprovisto de los mástiles, el barco habÃa maniobrado tan pesadamente que se habÃan abierto varias junturas por las que entraba el agua, y como las obras vivas, empezaban a hundirse bajo el nivel del océano, el crecimiento del agua aumentaba con increÃble rapidez. Subió con el corazón oprimido, sobre cubierta y se ocupó a continuación de las disposiciones que eran necesarias para garantizar a sus compañeras la más ligera probabilidad de salvación.
Mientras que éstas olvidaban por un instante sus temores para dedicarse a un trabajo ligero pero a la vez útil, Wilder preparó los dos mástiles de la chalupa, y ordenó convenientemente las velas, asà como los otros aparejos que podÃan ser necesarios en caso de tener éxito.
En medio de estos preparativos, un par de horas transcurrieron tan rápidamente, que los minutos habÃan parecido sólo segundos. Al término de ese tiempo, habÃa acabado su trabajo. Cortó los cabos que servÃan para asegurar la chalupa cuando el barco estaba en movimiento, dejándole en el mismo lugar, pero de forma que no quedase cogida por ningún lado al casco del barco, que entonces estaba hundido de tal manera que se podÃa pensar en todo momento que no se hundirÃa bajo ellos.