El corsario rojo
El corsario rojo Una vez tomada esta medida de precaución, invitó a sus compañeras a subir a la chalupa, por temor a que la crisis sobreviniera antes de lo que suponía, pues sabía que un barco que se hunde es como una pared que se va a caer, siempre dispuesta a ceder al menor impulso que se le dé.
Había puesto las velas de forma que pudiera izarlas en un instante. Examinó con cuidado si algún cabo que no hubiera visto sujetaba aún la chalupa a los restos del barco que podría arrastrarles, y comprobó que maderas, agua, una brújula y los instrumentos que eran necesarios para saber la situación de un barco estaban colocados con cuidado en sus lugares respectivos, y todos prestos para utilizarlos. Cuando todo estuvo así preparado, se puso en la popa de la chalupa, y trató, teniendo en cuenta su fisonomía, de inspirar a sus compañeras, menos atrevidas, parte de su entereza.
Durante dos horas de incertidumbre terrible, la conversación entre los atentos pasajeros, aunque en un tono de confianza y a veces de ternura, se veía interrumpida por largos intervalos de silencio y reflexión. Todos se abstenían de hacer la menor alusión al peligro que les amenazaba, para evitar que los demás se alarmasen; pero nadie podía ignorar el peligro inminente que corrían en este inerte deseo de amor a la vida que era común a todos.