El corsario rojo

El corsario rojo

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Apenas la tropa comenzó los juegos más o menos groseros que acabamos de contar, cuando el arrebato de euforia que había llevado al Corsario a romper de esa manera momentáneamente las líneas de la disciplina, pareció desaparecer de pronto. El aire vivo y alegre que había mantenido en su conversación con las mujeres que eran pasajeras o prisioneras en su barco, según quisiera él considerarlas, había desaparecido bajo la sombría nube que cubría su pensativa frente. Sus ojos no brillaban con aquel fulgor y rareza con que él gustaba presentarse, sino que habían adoptado una expresión grave y austera. Era evidente que su ánimo había caído en uno de esos profundos ensueños que tan a menudo oscurecían sus alegres rasgos, como una nube que pasa ante el sol y extiende una oscura sombra sobre las doradas espigas que el viento balancea suavemente en la llanura.

Mientras permanecía así, absorto, los juegos seguían su curso, acompañados, a veces, de incidentes lo bastante cómicos para arrancar una sonrisa incluso de los labios de Gertrudis medio asustada, pero siempre con una tendencia cada vez más pronunciada a terminar decididamente de un momento a otro con la disciplina del barco.

De pronto, en medio del ruido y la confusión, se dejó oír una voz, que parecía salir del océano, y que llamaba al barco por su nombre, con ayuda de un portavoz aplicado a la circunferencia exterior de un escobén.


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