El corsario rojo

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En seguida se vio aparecer a un marinero de talla atlética, que parecía salir del elemento del que pretendía ser dios, con gruesas capas de lana; tenía los cabellos blancos, degustando agua de mar y hierbas salvajes, que cubrían la superficie del agua a una legua del barco, y le hacían una especie de sencillo abrigo. Llevaba en la mano un tridente hecho con tres punzones dispuestos de forma conveniente, y colocados en la punta de una lanza. Ataviado de esta manera, el dios del océano, que era nada menos que el capitán del castillo de proa, avanzaba, con toda la dignidad que la situación exigía, a lo largo del puente. Ya en cubierta frente a los oficiales, el dios les saludó bajando su cetro, e inició la conversación. Wilder se vio obligado, ya que la actitud de su comandante seguía siendo la misma, a formar parte del diálogo:

—Es un barco muy hermoso éste en el que usted ha venido, hijo mío, y me parece que lo ocupan los más selectos de mis hijos. Espero que no haya traído a muchos nuevos reclutas con usted, porque siento el bacalao a bordo de un barco del Báltico que llega con sus mercancías, y que no debe estar más que a unas cien leguas de aquí. No tendré apenas tiempo de examinar los papeles de la gente de toda su tripulación, para ver si están en regla.


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