El corsario rojo
El corsario rojo —En seguida los tendrá todos ante usted. Un hombre tan hábil como Neptuno no tiene necesidad de que se le enseñe cómo se examina a un marino.
—Comenzaré, entonces, por este señor —respondió el sagaz capitán del castillo de proa volviéndose hacia el jefe de los soldados marinos que permanecÃa inmóvil—. Siento horror a la tierra y quisiera saber cuántas horas hace que él navega sobre mis dominios.
—Creo que ha hecho muchos viajes por mar, y me atreverÃa a decir que hace mucho que pagó el tributo acostumbrado a Su Majestad.
—Está bien, está bien; le creo. ¿Y estas damas?
—Ambas han estado antes en el mar, y están por consiguiente, dispensadas de toda interrogación —respondió Wilder apresuradamente.
—La más joven es muy bonita para haber nacido en mis dominios —dijo el galante soberano del mar—; pero nadie puede rehusar responder a una pregunta que salga directamente de la boca del viejo Neptuno. AsÃ, pues, si esto es indiferente a Su Honor, yo rogarÃa a esta joven que me respondiera gustosamente ella misma.