El corsario rojo

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Entonces, sin prestar la menor atención a la mirada furiosa que Wilder le echaba, el inflexible representante del dios se dirigió directamente a Gertrudis. «Si como han dicho, mi hermosa señorita, usted ha visto ya el mar antes de esta travesía, ¿podría, quizá; darme el nombre del barco y algunas otras pequeñas particularidades del viaje?».

Nuestra heroína cambió de color tan rápidamente como se ve al cielo de la tarde enrojecer y perder su matiz plateado; pero tuvo el suficiente control de sí misma para responder con tranquilidad:

—Si entro en pequeños detalles, pasarán desapercibidas cosas mucho más dignas para Su Majestad. Quizás este certificado le convenza de que no soy novicia en el mar. —Mientras ella hablaba, una guinea pasó de su blanca mano a la que le presentaba el hombre que la interrogaba.

—No puedo concebir que no le haya reconocido, señora, y no puedo explicármelo más que por las muchas e importantes ocupaciones que tengo —respondió el audaz pirata inclinándose con grosera cortesía, y metiéndose la ofrenda en el bolsillo.

Después de repetir su saludo con un pie echado hacia atrás, se volvió hacia la institutriz a fin de continuar su examen.

—Y usted, señora —dijo—, ¿es la primera vez que viaja por mis dominios?


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