El corsario rojo

El corsario rojo

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—No es ni la primera ni la veinteava vez; yo he visto muy a menudo a Su Majestad.

—¡Una antigua conocida!, ¿y a qué latitud nos encontramos por primera vez?

—Creo que fue en el Ecuador, hace ya treinta años bien cumplidos.

—Sí, sí, voy allá muy a menudo para vigilar a los barcos de la Compañía de las Indias, y a los mercantes del Brasil que vuelven a su país. Visité a muchos en el año que me dice, pero no puedo acordarme de sus rasgos.

—Me temo que treinta años hayan podido cambiarlos —respondió la institutriz con una sonrisa que, aunque melancólica, tenía mucho de dignidad para hacer pensar que lamentara una pérdida tan vana como es la de la belleza—. Yo estaba a bordo de un barco del rey, un barco de unas dimensiones extraordinarias; tenía tres puentes.

El dios recibió entonces la guinea que le fue ofrecida secretamente; pero parecía que el acontecimiento había aumentado su avidez; pues en lugar de mostrar su agradecimiento, pareció estar dispuesto a esforzarse nuevamente por obtener otra retribución.


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