El corsario rojo
El corsario rojo —Todo esto puede ser tan cierto como dice la señora —exclamó—; pero el interés de mi reino, y la numerosa familia a la que he de alimentar, me obligan a mirar por mis derechos. ¿TenÃa alguna bandera ese barco?
—SÃ.
—¿Era posible izarla, como de ordinario, al extremo del pequeño bauprés?
—Se izaba, como es costumbre para un vicealmirante, en la proa.
—¡Bien respondido! —murmuró la divinidad un poco ofendida porque su artificio no marchaba mejor—; es rarÃsimo, salvo en lo que a usted respecta, que yo haya olvidado semejante barco. ¿PodrÃa citarme alguna particularidad extraordinaria, algo de lo que siempre suele acordarse uno?
Los rasgos de la institutriz ya habÃan perdido su expresión forzada de broma para adoptar la de una profunda reflexión, su mirada parecÃa estar fija en el espacio, mientras decÃa, con voz de quien trata de reunir recuerdos confusos:
—Me parece que veo aún el aspecto bribón y astuto con el que un joven travieso que no tenÃa más que ocho años se puso a jugar maliciosamente con un supuesto Neptuno, y supo arreglárselas para hacerle caer en el mayor ridÃculo ante toda la tripulación.