El corsario rojo
El corsario rojo Hasta entonces toda la gente de la tripulación del Delfín había estado ocupada, bien cumpliendo los deberes que les habían sido asignados a cada uno de ellos, bien observando con curiosidad el barco que intentaba con tanto apresuramiento aproximarse a ellos. El murmullo bajo, pero continuo, de sus voces sofocadas indicaba solamente el interés que se tomaban por este espectáculo; pero desde el momento que el primer sonido del tambor se oyó, cada hombre ocupó su puesto rápidamente. Todo esto sucedió en un instante, y poco después reinó en todas partes ese silencio profundo del que ya hemos tenido ocasión de hablar en unas circunstancias parecidas. Los oficiales solamente se movían para ir a recibir las órdenes que les concernían, mientras que las municiones para la guerra eran sacadas del almacén anunciando unos preparativos más importantes de lo ordinario. El Corsario había desaparecido, pero no tardó en mostrarse de nuevo en la popa, equipado para el combate que parecía aproximarse, y ocupado, como siempre, en estudiar el poder y los cambios de su contrincante. Aquellos que le conocían mejor decían que la gran cuestión aún no estaba decidida; y sus miradas ávidas se dirigían hacia su jefe como para descubrir el misterio con el que él gustaba envolver sus deseos. Había arrojado el gorro de marino, y sus cabellos iban al capricho del viento sobre una frente que parecía hecha para dar nacimiento a pensamientos mucho más nobles que los que parecían haber ocupado su vida, mientras que una especie de casco de cuero estaba depositado a sus pies. Poco después de que se pusiera el casco, sería la señal de que el momento del combate había llegado; sin embargo hasta entonces nada anunciaba que él se preparase a darla.