El corsario rojo
El corsario rojo —Al arriesgar la suya, lo arriesga todo para mà —dijo Roderick con una voz tan suave, y tono tan resignado, que las palabras llegaron tan sólo a los oÃdos de aquél para quien habÃan sido pronunciadas.
El Corsario esperó algún tiempo antes de responder; con su mano siempre apoyada sobre el hombro del niño, y sus ojos fijos en su fisonomÃa con la expresión que éstos toman generalmente cuando se esfuerzan en penetrar en el misterio profundo del corazón humano.
—Roderick —dijo con voz más dulce y afectuosa—, tu suerte será la mÃa, marcharemos juntos.
Entonces, pasando rápidamente la mano sobre su frente, subió la escalera, acompañado del niño, y seguido de aquél en quien tenÃa tanta confianza. El paso con que el Corsario caminaba sobre 1^ tilla era firme y seguro, como si no corriera ningún riesgo en lo que iba a hacer. Siempre ocupado por los deberes de su cargo, paseaba sus miradas de vela en vela, de verga en verga, antes de dirigirse hacia el costado del barco en que habÃa ordenado ya preparar la barca. Un poco de desconfianza y nerviosismo apareció por primera vez en sus rasgos viriles y decididos, y su pie se detuvo un momento en la escalera.
Permaneció un instante en actitud de profunda reflexión, después su frente se despejó totalmente, y más abierto y confiado añadió: