El corsario rojo
El corsario rojo —¡Wilder, adiós!, le hago capitán del barco y dueño de mi suerte; estoy seguro de que lo uno y lo otro no podrÃan estar en manos más dignas.
Sin esperar respuesta, como si desdeñara inútiles protestas, bajó lentamente a la barca, que poco después se dirigÃa descaradamente hacia el barco enemigo. El Corsario subió a bordo en medio de los honores de su imaginaria categorÃa, con una gracia y una soltura que no podÃan dejar de causar impresión. La acogida que recibió del viejo y valiente marino, cuyos largos y penosos servicios no habÃan sido nada más que pobremente recompensados por el mando del barco que se le habÃa entregado, fue sincera y cordial; y después de los saludos acostumbrados, llevó a su huésped a su camarote.
—Tome el asiento que le plazca, capitán Howard —dijo el viejo marino, sentándose sin ceremonia e invitando a su compañero a que siguiera su ejemplo—. A un hombre de mérito tan extraordinario no le debe gustar perder el tiempo con palabras inútiles, aunque usted sea bastante joven, ¡bastante joven seguramente para el mando honorable que debe a su dichosa estrella!