El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Muy joven! Le aseguro lo contrario ya que me parece que soy del tiempo de Matusalén —respondió el Corsario sentándose tranquilamente al otro extremo de la mesa, de donde podía ver de frente la cara poco satisfecha de su compañero—. ¿Lo creería, señor?, alcanzaré la edad de veintitrés años si paso de este día.

—Le hubiera echado algunos años más, muchacho; pero Londres puede ennegrecer el rostro tan rápidamente como el Ecuador.

—Lo que dice usted es muy cierto, señor. ¡De todos los cruceros, que el cielo me libre sobre todo del de San Jaime! Le aseguro Bignall, que el servicio es suficiente para minar la constitución más robusta. ¡Hubo momentos en que creí honroso morir bajo los vestidos de ese pobre diablo llamado lugarteniente!

—Hubiera sido necesario que su enfermedad le consumiese muy activamente —murmuró el viejo marino indignado—. Han terminado por darle un hermoso barco, capitán Howard.

—Sí, pasable, pero extremadamente pequeño. Dije a mi padre que si el gran almirante no regeneraba rápidamente el servicio construyendo barcos más cómodos, pronto la marina sólo-tendrá marinos vulgares. ¿No encuentra el movimiento excesivamente desagradable en el puente de estos barcos, Bignall?


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