El corsario rojo

El corsario rojo

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—Cuando un hombre ha sido traqueteado por los mares durante cuarenta y cinco años, capitán Howard —respondió pasando la mano sobre sus cabellos canosos para tratar de contener su indignación—, le es bastante indiferente que su barco tenga un pie de más o de menos.

—¡Ah!, eso es lo que llamo longanimidad muy filosófica, aunque haya poca en mi carácter; pero en cuanto a este crucero es totalmente necesario que yo lo arregle; ¡utilizaré mis recomendaciones para que me den un barco guarda-costas en el Támesis!, pues, como usted sabe, todo se hace actualmente a base de recomendaciones, Bignall.

El valiente marino disimuló su mal humor lo mejor que pudo, e intentó cambiar de conversación, como medio más adecuado para poder mantenerse en situación de cumplir los deberes de la hospitalidad.

—Espero que entre las nuevas corrientes que hay hoy día, capitán Howard —dijo—, el pabellón de la vieja Inglaterra continúe ondeando en el Almirantazgo. Llevó usted tanto tiempo los colores de Luis esta mañana, que, ¡por mi fe!, un cuarto de hora más, y las balas rojas le hubieran comenzado a llover.

—¡Oh!, ¡es una excelente astucia militar!, y quisiera describir los detalles al Almirantazgo.

—¡Maravilloso, señor!, tal hazaña puede valerle el título de caballero.


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