El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Oh, no!, ¡horror! Bignall. Mi noble madre se sentiría desgraciada sólo por esta idea. Eso estaba bien para los tiempos en que la caballería era algo necesario; pero en la actualidad, le aseguro que nadie de mi familia…

—Basta, basta, capitán Howard… Pero ¡pardiez!, es una suerte para los dos que su fantasía haya desaparecido rápidamente; pues un instante después le hubiera soltado toda mi descarga. ¡Por el cielo, señor, los cañones de este barco se hubieran disparado solos!

—Sí, como bien dice, ha sido una suerte. Pero ¿cómo emplea el tiempo en esta insípida parte del mundo, Bignall? —preguntó el Corsario burlándose.

—A fe mía, señor, entre los enemigos de Su Majestad, el cuidado de mi barco y la compañía de mis oficiales, es raro que me sobre tiempo.

—¡Ah! ¡Sus oficiales! Es cierto, usted debe tener oficiales a bordo, aunque su edad debe impedir que su compañía sea bastante agradable para usted. ¿Me permite ver la lista?

El comandante del Dardo se la puso en las manos sin ni siquiera dignarse a dirigir una mirada a un ser que no le inspiraba más que desprecio.

—¿Qué es lo que veo?, ¡todos se llaman Yarmouth, Plymouth, Portsmouth o Exmouth! ¡Ah!, ahí tenemos alguno que podría ser muy útil en un diluvio. ¿Quién es Enrique Arca, que veo como su primer lugarteniente?


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