El corsario rojo

El corsario rojo

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—Un muchacho al que no le haría falta nada más que unas gotas de la noble sangre de usted, capitán Howard, para ser algún día el jefe de la flota de Su Majestad.

—Si es un oficial de un mérito tan distinguido, ¿sería demasiado atrevido pedirle a usted, capitán Bignall, que me lo presentara? Podemos recibirle sin inconveniente. Concedo siempre a mi lugarteniente media hora todas las mañanas, si es un hombre noble.

—¡Pobre muchacho! ¡Dios sabe dónde estará ahora! Este noble joven se ofreció él mismo para una misión bastante peligrosa, e ignoro tanto como usted si ha tenido éxito. Mis advertencias e incluso mis ruegos han sido inútiles. El almirante necesitaba un oficial de confianza; estaba en juego el bienestar de la nación; y además como usted sabe los que no son nobles deben, para ascender, contraer méritos… el valiente muchacho, recogido en un naufragio, debe a esa circunstancia el nombre que usted encuentra tan singular.

—Sin embargo aparece siempre en sus libros como primer lugarteniente.

—Y espero que siempre será así hasta que obtenga el navío que tanto merece. ¡Santo cielo!, ¿le parece mal, capitán Howard? Grumete, trae un vaso de ponche.


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