El corsario rojo
El corsario rojo —Se lo agradezco, señor —respondió el Corsario sonriendo tranquilamente y rechazando la bebida que se le ofrecÃa, mientras que la sangre se le subÃa a la cabeza, tanto que parecÃa que iban a reventar sus venas—. ¿Asà que, ese Arca no es nada, después de todo?
—No sé a lo que llama nada, señor, pero si un verdadero valor, un conocimiento profundo de su profesión y una firmeza leal cuentan para algo en los últimos viajes de usted, capitán Howard, Enrique Arca tendrÃa pronto el mando de una fragata.
—Puede ser, si sabe exactamente sobre qué apoyar sus recomendaciones —prosiguió el Corsario con una sonrisa tan suave y una voz tan insinuante que el efecto de su falsa apariencia se hallaba medio deshecho—, se podrÃa decir en una carta a Inglaterra una palabra que no perjudicara al muchacho.