El corsario rojo
El corsario rojo —¡No quiera el cielo que yo me atreva a revelar la naturaleza del secreto que le ocupa! —gritó vivamente y con voz animada el viejo marino, olvidando tan rápidamente su disgusto como tardó en concebirlo—. Puede usted decir con toda seguridad, además de su carácter normal, que ese servicio es honorable, arriesgado, y no tiene otras miras que el bienestar de los súbditos de Su Majestad. En efecto, hace apenas una hora que creÃa que habÃa tenido un éxito total. ¿Acostumbra, capitán Howard, a desplegar sus velas altas, mientras que las demás están enrolladas alrededor de las vergas? Un barco dispuesto de esa manera me recuerda al hombre que se pone el traje antes de meter las piernas en los pantalones.
—¿Hace usted alusión al accidente ocurrido a mi vela del mastelero mayor que se desató cuando nos divisó?
—Exactamente. HabÃamos visto sus aparejos por medio de los anteojos; pero le habÃamos perdido de vista, cuando esa vela ondeando en el aire, fue divisada por un vigÃa. Por no decir nada más, eso ya era notable, y hubieran podido ocurrir consecuencias lamentables.
—¡Ah!, hacÃa esas cosas con el fin de ser original. La originalidad es señal de talento, como usted sabe. Pero también yo he sido enviado a estos mares con una misión especial.