El corsario rojo
El corsario rojo —¿Y cuál es la misión? —le preguntó sin desviarse su compañero, cuyo ceño fruncido demostraba una inquietud que su franqueza no le permitÃa ocultar.
—Buscar un barco que me proporcionará bastante trabajo, si tengo la suerte de encontrarlo. Durante algún tiempo, le he creÃdo a usted precisamente el objeto del viaje; y si no hubiera sido por las señales que nos hizo, le aseguro que algo serio habrÃa sucedido entre nosotros.
—Se lo ruego, señor, ¿con quién me confundió?
—Pues nada menos que con ese famoso malvado del Corsario Rojo.
—¡Qué diablos! ¿Y supone, capitán Howard, que existe en la superficie de los mares un pirata en su sano juicio que tenga las velas que hay a bordo del Dardo; con aparejos tan bien preparados, y con mástiles de tales carlingas? Por el honor de su barco, señor, espero que solamente el capitán tenga esa equivocación.
—Hasta que no distinguimos las señales, por lo menos la mitad de los más instruidos de mi tripulación estaba predispuesta totalmente contra usted, Bignall. En efecto, el Dardo tiene en el mar toda la apariencia de un corsario. Usted no se puede dar cuenta, pero yo se lo garantizo, tan sólo a tÃtulo de amigo.