El corsario rojo

El corsario rojo

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—Y puesto que me hace el honor de confundir mi barco con el de un pirata —respondió el viejo marino, sofocando su cólera para tomar un aire de ironía chistosa que cambió el gesto de la expresión habitual de su boca—, ¿no se ha imaginado también que el honrado hombre que está viendo sea nada menos que Belcebú?

Al hablar así, el comandante del barco cargado de una imputación tan odiosa dirigió los ojos desde su compañero hacia un tercero que había entrado en el camarote con la libertad de un ser privilegiado, pero con un paso tan ligero que no se le había oído. Cuando las miradas vivas e impacientes del pretendido oficial de la corona recayeron sobre este individuo, llegado tan inesperadamente, se levantó con un movimiento involuntario, y durante medio minuto ese imperio admirable que tenía de nervios y músculos, y que le había sido tan útil para sostener su personalidad, pareció abandonarle totalmente. Sin embargo, sólo perdió el control de sí mismo durante unos instantes en los que nadie reparó, y devolvió con mucha sangre fría, y con la cortesía y amabilidad que sabía tan bien tomar, el saludo que le hizo un anciano que por su aspecto exterior parecía agradable y sosegado.

—Señor, ¿es su capellán?, a juzgar por su vestimenta, lo parece —dijo después de cambiar algunos saludos con el extraño.


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