El corsario rojo
El corsario rojo —Sí, señor. Un valiente y honrado hombre que no me avergüenzo de tenerle por amigo. Después de una separación de treinta años, el almirante ha querido que me acompañe en este viaje, y aunque mi barco no sea de primera clase, creo que se encuentra tan bien como si se hallase en el barco de un almirante. Doctor, el señor es el honorable capitán Howard, manda el barco de Su Majestad el Antílope. No creo necesario hablar de sus notables méritos; la graduación que le ha sido dada a su edad es testimonio suficiente sobre ese particular.
Había en los ojos del capellán sorpresa e incluso miedo cuando su primera mirada recayó Sobre el supuesto vástago de una familia noble; pero la expresión era menos sorprendente que la que había puesto el individuo que estaba delante de él, y duró todavía menos tiempo. Saludó nuevamente, muy agradable, y con ese profundo respeto que una antigua costumbre hace nacer incluso en los espíritus mejor organizados cuando se hallan ante la superioridad ficticia de un rango hereditario; pero no parecía creer que la ocasión exigiera que dijera otra cosa más que la fórmula de cortesía ordinaria. El Corsario se volvió tranquilamente hacia su viejo compañero, y continuó la charla.