El corsario rojo
El corsario rojo Por los rasgos de soberbia que brillaban en los ojos del Corsario cuando puso el pie de nuevo en el puente de su barco, toda la tripulación dedujo que en ese momento se tramaba algo importante. Permaneció un instante en el castillo de popa, examinando con una especie de satisfacción y de orgullo todo cuanto estaba bajo sus órdenes; después, sin decir nada a nadie, bajó precipitadamente a su camarote, ya sea porque olvidara lo que había prometido a los otros, ya porque en el estado de exaltación de su espíritu, se inquietaba poco. Las damas, en razón a las relaciones amistosas que parecían reinar entre los dos barcos, se atrevieron a salir de su oculto refugio, cuando un imprevisto golpe de gong les anunció no solamente la presencia del Corsario, sino también su humor.
—Que se comunique al primer lugarteniente que le espero —dijo con voz severa al hombre que llegó para ponerse a sus órdenes.