El corsario rojo
El corsario rojo Durante el corto espacio de tiempo que transcurrió antes de que hubieran podido obedecer este mandato, el Corsario pareció luchar contra una emoción que le agobiaba. Pero cuando la puerta de su camarote se abrió y Wilder apareció delante de él, el observador más suspicaz y penetrante hubiera buscado en vano algún síntoma de la viva cólera que su corazón había experimentado. Recobrando el control de sí mismo se acordó de la forma en que acababa de entrar en un lugar que él mismo había ordenado que se considerara como privilegiado. Fue entonces cuando sus ojos buscaron a las dos damas asustadas, y se apresuró a calmar el terror que estaba impreso visiblemente en la fisonomía de ambas, dirigiéndoles algunas palabras de excusa y explicación.
—Apremiado porque tenía una visita con un amigo —dijo—, había olvidado que tengo en mi casa a unas damas que me alegra recibir, aunque no pueda darles una acogida tan digna como merecen.
—Ahórrese las excusas, señor —dijo mistress Wyllys con dignidad—. Y para que esta interrupción no nos sorprenda, tenga la bondad de comportarse aquí como dueño.
El Corsario rogó a las damas que se sentaran; y a continuación, pensando que la ocasión podía permitir prescindir un poco de las formas del trato social, hizo señas a su lugarteniente con una agradable sonrisa, para que las imitara.