El corsario rojo
El corsario rojo —Los empleados de Su Majestad no han lanzado al océano peor barco que el Dardo, Wilder —dijo con una mirada expresiva como para advertirle de que su inteligencia debÃa suplir lo que sus palabras no expresaran suficientemente—; pero sus ministros podÃan haber elegido mejor observador a quien dar el mando.
—El capitán Bignall tiene reputación de hombre valiente y honrado.
—SÃ, y realmente la merece; pero quÃtele esas dos cualidades, y lo que le quedará será poca cosa. Me ha dado a entender que ha sido enviado especialmente a estos parajes en busca de un navÃo del que todos hemos oÃdo hablar, ya para bien, ya para mal, ¡quiero decir el Corsario Rojo!
El que asà hablaba vio sin ninguna duda a mistress Wyllys estremecerse involuntariamente, y a Gertrudis coger con una emoción repentina el brazo de su institutriz; pero su comportamiento no dio de ninguna manera a conocer lo que habÃa visto. Su control sobre sà mismo fue admirablemente imitado por su compañero, quien respondió con una tranquilidad que ninguna sospecha hubiera podido creer que era supuesta:
—Su viaje será peligroso, por no decir que realmente no tendrá éxito.
—Podrá suceder lo uno y lo otro; y sin embargo tiene grandes esperanzas de triunfar.